Te damos la bienvenida

Toda búsqueda comienza con una pregunta

La nuestra también.


Durante mucho tiempo pensé que la historia de Albor Patagonia empezaba el día en que fundamos la cooperativa. Hoy creo que empezó mucho antes.

Empezó con una pregunta que parecía sencilla. Vivíamos en Chubut, una provincia reconocida en todo el mundo por producir algunas de las mejores lanas. Sin embargo, las tejedoras no tejíamos la lana de nuestra propia tierra.


¿Cómo podía ser?


¿Cómo podía ser que viviendo donde nacía una materia tan extraordinaria, termináramos comprando lana cuyo origen desconocíamos?

Esa pregunta nos puso en movimiento. Al principio la búsqueda era simple. Queríamos encontrar una lana de la que pudiéramos decir con orgullo:

"Esta lana viene de estas ovejas. Las cuidó Esther. Las esquiló ella misma. Después la hiló Tuly, en Chacay. Nosotras la tejimos. Y ahora llegó a tus manos."


La llamábamos, casi sin darnos cuenta de todo lo que esa expresión encerraba, lana de origen. No buscábamos solamente una fibra. Buscábamos conocer su historia. Y todavía no imaginábamos que esa búsqueda iba a cambiar también la nuestra.


Los primeros viajes nos llevaron a conocer comunidades, hilanderas, pequeños productores y artesanas que dedicaban su vida a trabajar la lana. Cada encuentro respondía una pregunta y abría muchas más.


En Yalalaubat conocimos al grupo Zomo Fuufe. En Chacay descubrimos otra manera de hilar. En Gan Gan aprendimos que cada vellón tiene su propio carácter y que cada hilandera desarrolla una relación distinta con la fibra.


Muy pronto comprendimos que no existía una única forma de trabajar la lana.


Algunas mujeres la hilaban después de lavarla. Otras la hilaban tal como salía de la esquila. Algunas utilizaban rueca. Otras seguían prefiriendo el huso. Cada técnica, cada decisión y cada territorio daban lugar a una lana diferente.


También empezamos a descubrir algo que nunca habíamos imaginado. Muchas hilanderas criaban sus propias ovejas, las cuidaban durante todo el año e incluso las esquilaban ellas mismas. Sin embargo, no podían utilizar esa lana. Como la cantidad era pequeña, los lavaderos industriales no la recibían. Entonces terminaban comprando lana ya lavada a la industria para poder seguir hilando.


Aquella contradicción nos conmovió profundamente. La lana estaba. Las personas también. Los saberes seguían vivos. Lo que parecía haberse perdido era el camino que unía todas esas partes. Sin darnos cuenta, dejamos de buscar una lana. Empezamos a buscar un camino. Todavía no sabíamos adónde nos iba a llevar. Solo sabíamos que cada puerta que se abría nos mostraba una Patagonia que hasta entonces no conocíamos.


Mirando hacia atrás, creo que ese fue el verdadero nacimiento de Albor. No el día en que elegimos un nombre. No el día en que comenzamos a tejer juntas. Sino el día en que una pregunta nos obligó a salir del taller para recorrer el territorio, escuchar a quienes conocían la lana desde siempre y aprender que, antes de transformar una materia, necesitábamos transformar nuestra manera de mirarla.


Ese camino recién empezaba. Y todavía no imaginábamos todo lo que la lana estaba a punto de enseñarnos.


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